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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Diario - 8 de septiembre de 2012



Sábado 8 de septiembre de 2012
Querido diario:

Hoy ha sido uno de esos días que parecen tener más de 24 horas, pues cuando inició y terminó, estaba despierto. El viernes cene en casa de mi partner Inga y David. Hacia varios meses desde nuestro último encuentro, entonces teníamos harto chisme para platicar. Empezaron por preguntar todo sobre mi rollo de escritor región cuatro y después me reclamaron por no haberles incluido en la cata de vinos de esa semana, pero ya acordamos ir juntos la siguiente vez. Con ellos charlé sobre los ya famosos arándanos, que se han convertido en el sobrenombre del objeto de mi afecto y, después de burlarse a gusto de mi cara de imbécil al tocar el tema, sólo atinaron a comentar que era muy chido el estar así, imbécil. Para cuando quedó saciada su curiosidad sobre mis últimas actividades y después de presumirme su certificación como buzos y  señalar que ahora se dedican al turismo religioso, gracias al tío de David, quien es sacerdote, ya eran las dos de la mañana cuando dimos por terminada la visita y acordamos ir al hipódromo a vivir una nueva experiencia antropológica. Me hicieron favor de llevarme a casa y así empezó el sábado.

Llegué a casa a dormir y alrededor de las nueve de la mañana me despertó una llamada, era mi tío Salvador con noticias de su hermano Genaro, me contaba que estaba enfermo, se encontraba en su casa y me pedía  avisar a mi papá por si decidía visitarlo debido a su mal estado de salud. Después de colgar, le llamé para darle el recado y me confirmó su intención de ir en el transcurso del día. Una vez cumplida mi labor de buen hijo y sobrino, seguí durmiendo hasta que el hambre me despertó.

Después de levantarme, comí algo ligero y me dedique a las labores chachescas, ocasionadas por vivir sólo. Para las tres de la tarde había terminado de recoger mi casa, había tomado un baño y estaba listo para mi siguiente evento: la comida anual en casa de los papás de Kenia con motivo de su visita a México. Tardé más de una hora en llegar hasta allá. La encontré en sus labores de mamá intentando lograr que William comiera su sopa, mientras Sophie era atendida por su niñera, pues a mi pobre amiga su marido le contrató una niñera al no poder sola con sus dos hijos. Después de un rato pudimos charlar los dos minutos libres, entre sus hijos y la llegada de las siguientes visitas, momento en que asumí el papel de su niñera y me tocó hacerme cargo de su princesita, la cual no lloró en mis brazos pero me hizo sufrir al intentar darle una especie de gerber gringo. Cuando me toca hacer esas tareas confirmo mi temor a los niños, pues me generan tal angustia al pensar que se me pueden caer, ahogar o romper, entonces, mi primer reflejo me hace ver a quién le puedo endosar a las criaturas.

La reunión estuvo muy divertida, tuve oportunidad de conocer a muchos de sus compañeros de la universidad, un grupo de gente bastante interesante, algunos en el tema de las inversiones, otro de la producción, otra dueña de una florería. Una más se dedicada a las ventas de la Suprema Corte de Justicia, otro dedicado a la reingeniería de procesos en  bancos, a quien ofrecí presentarle a una buena amiga, si una de las vestidas de verde en la fiesta del semáforo, y mi heroína de la noche, Rosalía, pues cuida a 44 niños de 6 años. Mi perfil de auditor y al ser el desconocido de la noche me hicieron verme en la penosa necesidad de ir entrevistando a cada uno de los que llegaba para saber con qué especímenes trataba, la verdad estuve muy contento y les rogué me invitaran a su próxima cita para llevar el seguimiento de los avances en sus vidas.
  
Otra muy buena sorpresa de la noche fue conocer a Laura, comadre de Kenia y camarada de mi también amigo Rafa. Los tres se conocieron en Nueva York y ahora Laura vive en el DF y eso nos permitió coincidir y pasar una muy agradable noche como los “colados” a la reunión de rencuentro de ese día.

Como buena mamá, después de las 10 de la noche, Kenia se ausentó un rato para dormir a sus pequeños mientras en el comedor seguía la chorcha entre este nuevo clan, quienes además de interesantes, resultaron ser unos forever alone, de ocho miembros, sólo tres están casados, el resto jura estar aterrorizado ante el compromiso, por eso me cayeron tan bien y nos entendimos. Al llegar la media noche, fue hora de empezarse a despedir, la cara de cansancio de Kenia era evidente y no es lo mismo, hace 12 años que salía con mi querida “huarachitos” en metro a recorrer Coyoacán, al día de hoy, que es una señora con dos hijos y niñera, pero igual la quiero. Como en cada encuentro, nos repetimos que nos extrañamos, me insiste en ir a visitarla y nos despedimos como si mañana mismo fuéramos a vernos. Estas son las muestras de una amistad sincera que rebasa el tiempo y el espacio y aunque estamos lejos, el cariño no mengua.

Al llegar a mi casa sobre la 1:30 am del domingo y revisar, como cada noche, religiosamente cualquier cosa importante en mi Facebook, me encontré con la noticia de una de mis primas (hija de Genaro) diciendo: ”siempre te recordare”. Enseguida, intenté localizar a mi papá y me enteré de su visita a  mi tío, él cual estaba muy mal, por lo que en unas horas regresaría a su casa. Me ofreció pasar por mí en unas horas, lo cual acepté enseguida, sin embargo, ya no tuve oportunidad de encontrar a mi tío con vida. Una hora después, mi papá me despertó avisándome del fallecimiento de su hermano. Esta noticia sacudió a mi familia. Bien vale la pena te escriba todo lo sucedido los dos días siguientes, pues mi terapeuta siempre me recomienda hacerlo, pero todavía no me llega el valor para eso, entonces nos vemos en unos días más. 

martes, 25 de septiembre de 2012

Crónica de un viaje parisino


Crónica de un viaje parisino
Por Héctor Juárez

La primera vez que tomé un avión fue para ir a Europa, ¡vaya manera de estrenarme en el uso de ese medio de trasporte! Once horas de vuelo, hasta la capital francesa. En la sala de abordaje me despide mi mamá con mi hermano pequeño, quien llora pues cree que no regresaré; mientras mi madre me despide muy contenta, pues sabe que es un logro enorme para mí. Estoy nervioso, no tengo experiencia, pero voy bien acompañado, Oscar va conmigo y eso me hace sentir seguro, para él este es su tercer viaje al Viejo Continente, para mi será el primero al extranjero y con el que debo probarme que la enorme inversión en el IFAL valió la pena. Durante el vuelo conozco a Ximena, una pequeña que va a estudiar a Suiza y que entre su ocurrente e interminable plática vuelve muy llevadera la travesía.

Me quedo dormido un buen rato a pesar de mi ansiedad y despierto para ver en la pantalla del asiento que el avión ya vuela encima de mi destino, lo cual logra ponerme muy nervioso hasta que finalmente aterrizamos. Al bajar del avión, se percibe un olor distinto, no huele como mi ciudad. Paso a migración y veo el primer sello de mi pasaporte -una banderita con estrellas que distingue a la Unión Europea- Ya casi estoy convencido de haberlo logrado. Recojo mi equipaje y salgo de allí para buscar un baño, pues tanto nervio tuvo consecuencias. Al pasar la crisis, tengo sed, así que me indica mi buen guía que hay bebederos públicos y pruebo uno sin éxito, no tolero el sabor del agua y ese pecado me va a costar muchos euros el resto del viaje. Después de comprar la botella de agua más cara en mi vida, salimos rumbo al centro de la ciudad.

Para llegar al hotel fue necesario tomar una parte de lo que parece ser el periférico de Paris. Como toda ciudad importante, tiene sus zonas conurbadas de una belleza diferente a sus barrios turísticos. En el autobús, la guía española nos pide ver por la ventana y que admiremos la Torre, el mayor símbolo de esta ciudad. Al verla me palpita el corazón, lo conseguí. Si bien fue necesario privarme de muchas cosas mientras estudiaba y soñar como debió ser para mis amigos la experiencia de las prácticas profesionales al extranjero a las cuales no asistí, ahora sé que valió la pena la espera. Al llegar al hotel, viene el proceso de check in y un par de horas después ya ha caído la noche y nos espera el primer tour por la Ciudad de las Luces.

Olvidé mencionar que durante el camino de llegada observé por mi ventana la terminal del ferrocarril, llena de contenedores y grúas. Sí, reconozco que no es el sitio que todo turista quiera admirar, pero mi espíritu de licenciado en negocios internacionales aflora y me hace disfrutar enormemente de este paisaje y además mis manos no dejan de hacer “click” al obturador de la cámara y obtengo un sinfín de imágenes de ese particular sitio.

Mientras nos acercamos al corazón de la ciudad, observo en ambos lados de las ventanas del autobús luces marrones, sé bien que así será pues es ley en ese lugar mantener ese tenue color para guardar la uniformidad del sitio. El primer lugar en donde nos permiten bajar del autobús es la Plaza de Trocadero, desde donde admiro la famosa Torre Eiffel disfrazada de árbol de navidad, pues prenden y apagan miles de focos en ella. Mi emoción me traiciona en ese instante y se asoma mi ojito Remí y quedo sin habla, mientras veo a un montón de vendedores de llaveros con la figura de la famosa torre.

Después de la vista de Trocadero, continúa el paseo nocturno y llegamos a nuestra siguiente parada: el Museo de Louvre, en él están algunas de las obras que sueño con ver en vivo: La Encajera de Veermer, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia y sobre todo es el lugar donde encontraré el Código de Hammurabi, pieza de una belleza un tanto extraña, pues su encanto está en saber que alberga las primeras leyes del mundo moderno, solo valorada por un auditor, es una pequeña maravilla.

A la mañana siguiente, después de sufrir en el desayuno al tener que compartir mesa con un oriental, dadas sus horripilantes maneras de comer, masticando de forma insaciable una manzana para después escupir todo el bagazo en su plato, logrando provocarme unas terribles ganas de vomitar y consigue que desaparezca mi apetito casi por completo; nos embarcamos en la aventura de recorrer Paris a pie. Lo primero es llegar al metro, tenemos cerca la estación Gallieni, hay un centro comercial y una estación de autobuses que atienden operadores negros a quienes por más que intenta, Oscar no logra entenderles, así que me toca desquitar mis cursos en el IFAL, y poner a prueba mis conocimientos. Confío en que el acento francés de mis profesores ayude a lograr mi cometido y confirmo entonces que valió la pena lo invertido; logro comunicarme sin problemas con ellos, me indican como llegar al metro y averiguo todo lo necesario para acercarme a los pies de la Eiffel, a la cual llegaremos unos minutos después.

Es inmensa, es increíble saberme con la suerte de estar ahí, sólo puedo tomar mi cámara de video y grabarme diciendo: ¡Ya llegué! No es un sueño, es una realidad, estoy en Paris y en un momento más admiraré esta ciudad desde su más fiel estandarte. Hasta ese momento vivo mi romance con la Ciudad Luz cuando de pronto me pasa la factura que paga todo aquel que decide aventurarse a conocerla, horas de filas de personas formadas para poder alcanzar un lugar en el ascensor que te lleva hasta lo más alto del monumento. No importa, estoy aquí, mi esfuerzo es bien correspondido. Después de mucho rato de esperar, subimos, para ese momento Oscar ha debido soportar mis incontables quejas por el hambre que tengo, no soy bueno para olvidarme de mi mal hábito de comer tres veces al día.

Al llegar a la cima, me encuentro un sinfín de banderas en paneles que indican la distancia de ese punto hasta tal o cual país. Y a lo lejos descubro la famosa iglesia en el barrio de Montmatre, es imprescindible ir. Una de mis escenas favoritas de la película “Amélie” se desarrolla en este sitio. Quiero averiguar si en verdad existe el carrusel de ese filme. Bajo de la torre teniendo la completa certeza de que Paris es una enorme maqueta. Regresamos al metro hasta llegar cerca del famoso barrio. A decir verdad no me interesa mucho la cuestión religiosa, es más mi emoción por subir las escaleras, las mismas que recorrió Amelie. Al llegar, lo confirmo, el carrusel existe, ¡ahí está! Para cuando termina mi visita, comienza la lluvia, es hora de padecer el metro de París en hora pico, con parisinos mojados y con ese olor característico que tienen, simplemente insufrible para mí.

Para la noche es momento de conocer la famosa Campos Elíseos, hermosa calle llena de comercios y restaurantes. Con esta caminata logro reconocer la magia de este lugar, gente de todo tipo, de todos lados, es una convergencia de culturas, mujeres con burkas caminando detrás de su esposos, judíos ortodoxos se revelan por su particular manera de vestir, turistas delatados por sus cámaras, hordas de orientales sonriendo, gente de países eslavos pidiendo limosna. En mi caminata descubro una tiendita de frutas y es tanta mi hambre que me gasto ocho euros en una manzana y un pequeño racimo de uvas. No me importa el costo, necesito alimentarme e insisto, nunca seré bueno para olvidar la comida en un viaje. Después de caminar hasta el final de esta increíble avenida, dejando atrás su glamour, sólo encontramos un kiosco donde compramos la versión francesa de un hot dog, una enorme salchicha en una dura baguette. No entiendo qué paso que acabé cenando esto en la capital francesa, pero soy incapaz de pensar en regresar mis pasos pues estoy molido y casi llorando me dispongo a cenar en una banca cercana.

Mi único consuelo es que aún me quedan días para regresar y corregir mi error culinario, pero como dice el comercial, esa es otra historia.

lunes, 20 de agosto de 2012

Carta para una amiga perdida


Carta para una amiga perdida
Por Héctor Juárez

¡Hola!
Es difícil saber por dónde empezar, no sé si deba preguntar por última vez ¿qué pasó? Aún sigo sin entender la razón de tu enojo, pero después de tanto tiempo y de mis terapias, me he convencido que este distanciamiento, sólo fue el resultado de nuestra falta de ganas por resolver lo ocurrido y tal vez por no aceptar que nuestro ciclo había terminado y ya no nos hacíamos bien.

Recuerdo la innumerable cantidad de momentos compartidos durante la carrera, las flores que me dabas en el día de la secretaria por mi habilidad con el teclado; las películas de Barbie y los discos de Cristian Castro cuando los descubrimos como nuestros gustos culposos; el viaje a San Antonio para estrenar tu visa; las frases de tu mamá sobre su “adorado Héctor”; aquel día cuando cambié mi comida de fin de año por acompañarte a recibir tu primer auto nuevo; las clases de francés en el IFAL; la fiesta de cumpleaños a la cual te llevé un juego de limpieza, pues ya eras toda una señora bien casada; tu famosa frase de “no le digo pendeja porque es mi amiga”; tu blog mientras hacías tu estancia en Canadá; tus borracheras por decepción amorosa y cómo olvidar la madrugada en que tu casa se convirtió en el cuartel donde intentabas consolarme mientras lloraba por un mal momento vivido.

Debo confesar algo, desde ese último día en que hablamos, decidí no volver a celebrar mi cumpleaños, pues me sentía culpable por no haberte complacido cediendo a tu reclamo de festejarme a tu manera, creí necesario castigarme porque había fallado. Con tu partida vinieron las de otros y aunque sí me importaron, nadie me dolió tanto como tú. Mi regalo de cumpleaños número 30, fue ver desmoronarse mi supuesto grupo de amigos, tan sólido y cuasi perfecto.

Pero bueno, como dice mi terapeuta, “Dios acomoda” y la vida me regaló la oportunidad de reordenar mis ideas, aprender a estar solo, aceptar que nada es para siempre, sólo hay momentos efímeros de alegría y entendí que no puedo controlarlo todo y a todos, pues esa habilidad no sirve cuando se trata de mis afectos. 

Sé que te preguntas por qué te escribo hasta ahora. Es fácil, porque hoy ya no duele.

Héctor.

martes, 14 de agosto de 2012

Instrucciones para darte en la madre (o para enamorarse)


Instrucciones para darte en la madre (o para enamorarse)
Por Héctor Juárez

Lo primero es asegurarse de elegir a la persona menos indicada, aquella que haga eso que no nos gusta y logre a veces sacarnos de nuestras casillas y sin la cual estemos convencidos de no poder vivir. Es requisito indispensable sentir la falta de aire si no recibimos su llamada al menos unas cinco veces al día, aunque la dosis puede variar. Es importante aclarar que no hace falta ser correspondidos, pues esta es una tarea personal y se experimenta pocas veces en la vida, por lo cual se sugiere disfrutar al máximo sus efectos una vez conseguidos. Para enamorarse se abrirá el pecho de par en par y ofrecerá su corazón como trofeo al objeto de su afecto, deberá pasar noches en vela recordándole, revisará su correo electrónico y su celular en intervalos de dos minutos por si llama y escuchará canciones románticas que le inviten al trillado uso de navajas en sus venas. Para confirmar estar obteniendo el resultado deseado deberá recibir comentarios de sus amigos asegurándole vivir entre nubes y recordándole la necesaria tortura de alimentarse para seguir sufriendo. De acuerdo al momento de su vida en que lo experimente, su intensidad será la siguiente: si se es púber, deberá sentir que su corta existencia inició al momento de encontrar a ese ser, si se encuentra en su juventud, será necesario expresar su intensidad de manera física una y otra y otra y otra vez; ahora bien, si se esta en la madurez, siéntase afortunado pues habrá encontrado con quien charlar. Una vez cubiertos los requisitos y teniendo un grado suficiente de dominio, se requiere cierta constancia para volverse un experto. De esto último se dará cuenta al momento de recibir una llamada de atención de sus profesores en clase o de su jefe en la oficina o bien, cuando le de un infarto. Si se cumplió el primer requisito, no es correspondido y al despertar cada mañana, la primera imagen es su mente es la de aquella persona, lo habrá conseguido, se dará cuenta que se ha dado en la madre. Tiempo de duración: un día o toda una vida.