viernes, 5 de septiembre de 2014

El Club de los “forever alone”




El Club de los “forever alone

 
Por Héctor Juárez

La primera vez que escuché el término forever aloneme dio risa, pues vino a colación en una reunión de cumpleaños, cuando me dijeron que los treinta son los nuevos veinte pero con dinero y sin tener que pedir permiso. Eres libre para hacer de tu vida un papalote y echarlo a volar. Me gustó tanto, que decidí navegar en adelante con esa filosofía, además de ser un tema cada vez más común en los círculos en que me desenvuelvo, pues siempre hay uno que otro que ocupa el mismo argumento para justificar su soledad.

Los primeros miembros, son los integrantes de mi pandilla, todos con más de treinta años, productivos, de buen ver, inteligentes, agradables y que secretamente están esperando caer en las redes de la frivolidad y estupidez que acompañan al enamoramiento, es más, Ezequiel con unas copas de más, asegura querer ser un mandilón. Sin embargo, todas sus cualidades, las estatuas de San Antonio puesta de cabeza, los patos mandarines que recomienda el feng shui para conseguir pareja y las fiestas de semáforos no han servido para que encuentren a su “peor es nada”.
 
Y la soltería que comparte un forever alone que se respete podría parecer una simple coincidencia, sin embargo hay situaciones como la de aquella reunión con mi amiga Kenia, en la cual conocí a un grupo de sus compañeros de la universidad con el mismo perfil: personajes con más de tres décadas, trabajadores, independientes, en general buenos partidos, pero todos solteros, condición que los vuelve miembros activos de este club. Y la cosa se pone aun peor, pues en mi familia también se encuentran más especímenes de esta clase que en cada ocasión posible recibimos los sabios consejos de la abuela sugiriéndonos al menos adoptar un hijo para que “alguien nos llore cuando faltemos”.
 
Eso sí, todo forever alone es un convencido de que este es momento para la búsqueda de la paz interior, para aprender a disfrutar de la compañía de uno mismo, para invertir en el desarrollo del intelecto. Se inscribe a todos los cursos que se ponen enfrente, asegura no tener el menor interés en el compromiso, pues se trata de un alma libre y jura preferir las salas de cine sin nadie a su lado que le impida apreciar el filme.

La verdad es que para el club de los “forever alone”, nuestros contemporáneos que ya han encontrado con quien pelearse el resto de sus vidas e incluso se han atrevieron a ser padres, son muy afortunados y aunque ellos mismos nos digan que así estamos bien, a veces nos causan envidia, pero lo olvidamos cuando nos vamos de viaje, salimos de compras o dormiros hasta el medio día sin un terrorista en miniatura cerca de nuestra cama obsesionado con jugar o ver a Chabelo en la tele.

Es importante señalar que esta peculiar tribu urbana, por llamarle de algún modo, juega ciertos roles sociales: son los mejores amigos, consejeros, tíos, hermanos, nietos y todo aquella posición que lo ponga a disposición de los demás. También se distinguen por ser crédulos, por haberse perdido una parte importante de su desarrollo social en los inicios de sus 20s, pues estaban tan ocupados aprendiendo, trabajando, creciente, que olvidaron vivir y tomar experiencias chuscas que hoy puedan compartir en una reunión de gente normal.

Ah! También somos víctimas de la tecnología, hemos aprendido a comunicarnos por la internet, a conseguir un meritorio diploma al dominio del Facebook (lo tomamos como terapia) y si nos queda un poco de tiempo hasta tweeteamos nuestros estados de ánimo, nos regodeamos en cada comentario en las redes sociales y obviamente somos ciberapapachados por otros tantos forever alone que siguen creyendo que algún día llegara su otra mitad.

También pagamos gimnasios, terapeutas, bariatras, lecturas de cartas. Eso si, somos la adoración de los hijos de nuestros amigos, pues siempre los compramos con regalos o tenemos algo interesante en nuestras casas. Somos fanáticos del feng shui, nos damos regalos caros y tenemos pasatiempos raros, nos encanta ser padrinos de todo y somos capaces de sostener charlas profundas con otros forever alone sobre todos los requisitos que un ser iluminado debe tener para osar contar con nuestra presencia en sus vidas.

Por otro lado, existen enormes beneficios al pertenecer a este club: hemos viajado, es decir que conocemos otros países, otra gente, hablamos más de un idioma, peleamos por cargos ejecutivos, tenemos tablas en el manejo de equipos, hemos tejido importantes redes de contactos, somos responsables, confiables e increíblemente comprometidos.

Sin embargo, las carencias afectivas también acompañan a esta condición y por decirlo de forma sutil, andamos con perfil bajo en busca de un ser humano que con su presencia agite nuestra maravillosa estabilidad y sea capaz de regresarnos a esa época maravillosa de nuestras vidas en que sentíamos mariposas en el estómago, nos temblaban las piernas y nos sudaban las manos.

Y es en esa discreta búsqueda que se aparece uno que otro espécimen al cual decidimos creerle cualquier historia que nos platique, nos dice “mi alma” y le exigimos casa y carro. Es ahora cuando el tiempo empieza a pasar facturas y recurrimos a largas sesiones nocturnas con nuestros compiches para obtener opiniones inútiles sobre que nos pareció el último pretendiente, las cuales ,dicho sea de paso, siempre son terribles encontronazos con la realidad que compartimos y nunca apoyamos el dejarnos ir como gorda en tobogán, guiados por nuestros sentimientos pues ya somos adultos y estamos llenos de prejuicios: no por el trabajo que tiene, no por el que dirán, etc.

En realidad creo que simplemente en el camino que hemos recorrido no nos alcanza para aceptar que no siempre se gana, que no siempre obtendremos todo lo que deseamos, que a veces vamos a sufrir y nos van a romper la madre, pero que nuestra capacidad de volver a nuestro estado original y soportar las tempestades esta más que probada y que nunca pero nunca va llegar ni el momento ni la persona perfecta para tirar nuestra membresia a este club, porque somos un perfecto ejemplo de cobardía, pero eso sí… con mucho estilo, pues..antes muertos que sencillos. 

 
 


miércoles, 2 de octubre de 2013

Poema

 

Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.

Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.

Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años...
y sé que me estoy muriendo.

 

jueves, 28 de marzo de 2013

Mi tobillo y más arándanos…


24 de marzo de 2013
Mi tobillo y más arándanos…

Esta vez la visita se debió a que me lesioné el tobillo y ¿qué me trajo ahora? Gerberas y frutas. Si, es la primera vez que recibo flores y para ser sincero, si es bastante halagador ese detalle. Ahora bien, lo interesante es preguntarse por n-esima vez desde hace ya casi cuatro años, ¿por qué lo hace? Me sigue pareciendo un juego bastante perverso entre los dos, pues como lo dije en otra ocasión, no nos alcanza para ser una pareja y nos sobra para llamarnos amigos y sin embargo, en cuanto supo lo que me paso, prometió venir a verme y así fue.

Y como siempre, el tema no es que tenga esos detalles, sino las consecuencias a esas visitas. ¡Pónganse en mi lugar! llevo 12 días con una férula en el pie que me impide moverme libremente, he leído como loco, he visto mucha tele y escuchado un millón de veces el himno a mis carencias afectivas: “Esperare”, canción de Armando Manzanero y Presuntos Implicados (ah sí.. debe ser ser esa versión, sino no me dan ganas de cortarme las venas con galletas de animalitos). Deberán darme la razón si les digo que soy materia dispuesta para llenar mi cabeza de chaquetas mentales, aunque Salvador diga que no son carencias afectivas, sino que soy pendejo en el tema de los afectos. En fin, estas carencias afectivas fueron removidas cuando el objeto de mi afecto se apersonara en mi casa para comprobar que incluso tumbado en la cama no soy más que un manojo de nervios, ya un poco más controlado, de sólo tenerle cerca.

Este escrito más allá de nombrarse mi tobillo y más arándanos, deberíamos llamarle “Efectos Secundarios”, porque cada vez que el universo confabula para estos encuentros, simplemente me surgen como dos millones de pensamientos y reflexiones que atacan sin piedad a mi cerebro y a pesar de conocer y haber decidido practicar el mantra mexicano: ¡Me vale madres!, reconozco que la pregunta ¿Por qué no puede ser? Le sale ganando la batalla y entonces corro despavorido a mis libros, a mis propios aprendizajes y me repito una y otra y otra vez que así las cosas son perfectas y así debe ser, todo sucede por algo, y que lo que no dio no va dar y acabo buscando a mi gurú de estos temas, o sea, mi amigo Víctor Piña quien me repite que mi problema se llama apego y me prometo a mí mismo no volverle a buscar, no tener ganas de pasar por esto otra vez, me reconozco como un excelente partido con mucho que ofrecer, me repito que debo soltar y mientras me convenzo que así será, espero se cumpla la profecía de mi canción y un día sienta lo mismo que yo.

Ahora bien, si lo vemos por el lado optimista, junto con el drama llega la iluminación, las ganas de volver a retomar mis escritos y plasmar con palabras mi sentir. ¡Bueno! Algo productivo se debe obtener de todo esto. Ah! Por cierto, esta vez los arándanos fueron el adorno a una ensalada de frutas que me trajo, muy mala… pero no se lo digan, yo se lo haré saber la siguiente vez… 

sábado, 15 de diciembre de 2012

La Boda


20 de octubre de 2012

La Boda

Creo que existen pocos momentos tan emotivos para dos personas que se aman como el día de su boda, si, ese día en el que frente a una bola de metiches y gorrones se juran estar juntos hasta que la muerte los separe. De verdad que ese instante debe ser uno de los más increíbles en la vida.

Este fin de semana he tenido la oportunidad de ser parte de uno de estos momentos irrepetibles. Una de mis amigas más cercanas, Fabiola, llego al altar y como buena niña decente cumplió todo el protocolo que reclama la sociedad. ¡Claro! salió de blanco y tuvo una de las bodas más bellas en que me ha tocado estar. Ahora bien, no negaré que mi apreciación es completamente parcial pues está influenciada por el enorme cariño que guardo por la pareja, además que mi adorada amiga papiroflexica (si, es que me enseño hacer cajitas con hojas de colores) y su ahora marido, Gustavo, me compartieron los preparativos de tan rimbombante evento desde varios meses atrás, con amenazas ante cualquier revelación facebookera sobre el escenario en que tendría lugar el evento.

Antes de decir algo más, es justo hacer un resumen sobre mi amistad con la novia, la cual se remonta a mi primer día en la universidad, pues junto a su inseparable amiga Sandra, fueron las primeras en someterme al interrogatorio cotidiano entre compañeros para averiguar dónde había estudiado la prepa y esa clase de cosas sin importancia que sirven de pretexto para entablar platica. Y desde entonces hasta hoy, hemos seguido tan cercanos que incluso algunos años después de haber egresado de la carrera, coincidimos en el Posgrado de la FCA de la UNAM, donde estudiamos la maestría y nos acompañamos muchas noches de regreso a casa, pues también somos casi vecinos. Después de varios años de aquel primer encuentro escolar, puedo presumir que hemos reído, llorado, tomado y no se cuantas cosas más juntos, hasta compartimos nutrióloga. Sólo me falta convencerla de que también vaya con mi terapeuta.

En fin, mientras sigo trabajando en convencerla de ir con Nilda (mi terapeuta), nos llegó su boda. En este evento tuve el honor de participar en la ceremonia religiosa. Los novios me pidieron entregarles unas arras muy especiales que utilizaron ese día, lo cual fue un verdadero honor para este humilde siervo del señor (¡amén!). Eso si, para cumplir con este compromiso y presentar las arras de lo mejor,  puse a mis esclavas de servicio social a aplicarles toda clase de limpiadores y pulirlas hasta que las manos les quedaron negras, así que darme el crédito de haberme encargado de la limpieza sería injusto, aunque si puedo adjudicarme la elección del cofre y el estuche en que las presenté.

Regresando al tema de la ceremonia, aceptaré que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano por no chillarle a gusto como lo hubiera querido, pero veía a los novios todos sonrientes y felices y decidí no desentonar con tanta alegría,  así que me dije a mi mismo: “mi mismo, aguántese como los machos y no le chille” y me mantuve bien seriecito, aunque mis piernitas temblaban cuando vi llegar a mi amiga vestida de novia.  Y no olvidemos la música vernácula que amenizó la ceremonia, eso si que fue original, aunque el termino “original” se queda corto cuando uno trata de calificar a esta peculiar pareja que siempre me logra sorprender.

Después de superar la chilladera interna que traía, comerme mis mocos y demás, regresamos a la hacienda donde tuvo lugar el fabuloso festejo y ahí si se me olvido el drama y me la pase increíble. La recepción arrancó con huapangos, vasos con pulque para delicia de mi señor padre, martinis de cereza y mora que nos hicieron muy felices pues estaban excelentes y todo eso acompañado con muchos bocadillos mexicanos, es decir: pambacitos, sopesitos, quesadillitas, etc. Y después de un par de horas prealimentanos y marinándonos en alcohol,  nos pasaron al salón de la hacienda en donde sirvieron una muy rica comida, una pecaminosa mesa de dulces, un servicio de café de diez, cup cakes ligeramente dulces  y hasta un pambazo en la tornafiesta, todo acompañado de unos vinos que me hicieron perder el estilo y acabar no ebrio, sino lo que le sigue.

Y que decir de la compañía, hubo rencuentros con compañeros de la universidad que tenía años de no ver y que descubrí en su modo “papas” o viajeros frecuentes. Fue el pretexto perfecto para compartir con algunos otros a los que soy más cercano – es decir, que puedo recitar sus vidas, secretos y pecados -  como Ezequiel y la comadre, Haydee, y hasta con nuestra amiga de altamar, Larisa. En este fin de semana platicamos, reímos, brindamos, les deseamos lo mejor a los novios y nos divertimos como hacía mucho no lo hacíamos, pues tanta platica ocasiono una sed severa que sólo apago el vino rosado, el cual provocó muchos desfiguros y nos dejó liberarnos de la pose que teníamos entre trajes, vestidos largos y copetes y nos permitió dar rienda suelta a gritos, bailes y uno que otro feliz ridículo. (Para mayor referencia ver el álbum fotográfico en Facebook sobre el evento)

Hubo un momento en la noche en que ya totalmente apagada nuestra sed (léase: alcoholizados), sin frío y muy alegres comenzamos a renovar el concepto de los arreglos de mesa, pues lo aderezamos con las corbatas, vasos desechables, servilletas, dulces y todo lo que tuvimos disponible; La comadre brindó con los biberones de su hija y bueno, hasta ahora no tenemos claro quien de las dos se tomó el vino y quien la leche, pero la niña callo dormida enseguida. Haydeé también tiró unas tres veces las copas en la mesa y hasta derramo una botella entera encima de otro invitado, con lo cual nos hizo recordar a quienes la conocemos desde la universidad, su honroso premio “Escar” a la más borracha (Se llama Escar el premio porque somos egresados de la ESCA del IPN).  

Otra víctima de nuestros arrebatos fue la novia, no se espanten, no la fuimos a desvestir ni nada, sólo fuimos a brindar con ella en la mesa de honor, la cual nos quedaba como a varios metros, ya que estábamos en la mesa del rincón como muñecas feas y pues ella estaba en el centro del lugar y si lo piensan bien, por el estado en que nos encontrábamos ese recorrido fue toda una proeza,  la cual bien valió la pena, pues brindamos, reímos, cantamos, gritamos y le hicimos pasar un buen rato, o al menos eso es lo que recuerdo.

Quisiera contarles más, pero la verdad es que sólo viene a mi mente el momento en que ya sentado en la mesa escuche el famoso tema  “Mc Lovya” del internacionalmente desconocido grupo de internet Tropikal Forever. En ese momento vi cumplirse el sueño del novio que también era la amenaza para la novia, de que ese tema sonara en su boda. Después de eso sólo recuerdo que salimos a elevar unos globos de cantoya en medio de la noche con un frío que por poco hace que se me bajara la peda, un poco de karaoke y nada más, aunque la evidencia fotográfica me demuestra que acabé hibernando en mi cama hasta las 6 de la mañana, momento en que el ardor en mi pecho, por mi sensible estomago, me hizo brincar de la cama casi llorando preguntando porqué se me había ocurrido tomarme todas las botellas que amablemente Ezequiel me había acercado.

En fin, con todo y los ardores, molestias y demás, el haber sido invitado (con toda mi familia) a compartir un momento tan importante para Fabiola y Gustavo me confirma lo bien que se siente que gente tan linda te incluya en su vida y me hace reconocer el compromiso tan grande y bonito  que es nuestra amistad. ¡Gracias Fabiola y Gustavo por ser parte de mi vida! 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Diario - 8 de septiembre de 2012



Sábado 8 de septiembre de 2012
Querido diario:

Hoy ha sido uno de esos días que parecen tener más de 24 horas, pues cuando inició y terminó, estaba despierto. El viernes cene en casa de mi partner Inga y David. Hacia varios meses desde nuestro último encuentro, entonces teníamos harto chisme para platicar. Empezaron por preguntar todo sobre mi rollo de escritor región cuatro y después me reclamaron por no haberles incluido en la cata de vinos de esa semana, pero ya acordamos ir juntos la siguiente vez. Con ellos charlé sobre los ya famosos arándanos, que se han convertido en el sobrenombre del objeto de mi afecto y, después de burlarse a gusto de mi cara de imbécil al tocar el tema, sólo atinaron a comentar que era muy chido el estar así, imbécil. Para cuando quedó saciada su curiosidad sobre mis últimas actividades y después de presumirme su certificación como buzos y  señalar que ahora se dedican al turismo religioso, gracias al tío de David, quien es sacerdote, ya eran las dos de la mañana cuando dimos por terminada la visita y acordamos ir al hipódromo a vivir una nueva experiencia antropológica. Me hicieron favor de llevarme a casa y así empezó el sábado.

Llegué a casa a dormir y alrededor de las nueve de la mañana me despertó una llamada, era mi tío Salvador con noticias de su hermano Genaro, me contaba que estaba enfermo, se encontraba en su casa y me pedía  avisar a mi papá por si decidía visitarlo debido a su mal estado de salud. Después de colgar, le llamé para darle el recado y me confirmó su intención de ir en el transcurso del día. Una vez cumplida mi labor de buen hijo y sobrino, seguí durmiendo hasta que el hambre me despertó.

Después de levantarme, comí algo ligero y me dedique a las labores chachescas, ocasionadas por vivir sólo. Para las tres de la tarde había terminado de recoger mi casa, había tomado un baño y estaba listo para mi siguiente evento: la comida anual en casa de los papás de Kenia con motivo de su visita a México. Tardé más de una hora en llegar hasta allá. La encontré en sus labores de mamá intentando lograr que William comiera su sopa, mientras Sophie era atendida por su niñera, pues a mi pobre amiga su marido le contrató una niñera al no poder sola con sus dos hijos. Después de un rato pudimos charlar los dos minutos libres, entre sus hijos y la llegada de las siguientes visitas, momento en que asumí el papel de su niñera y me tocó hacerme cargo de su princesita, la cual no lloró en mis brazos pero me hizo sufrir al intentar darle una especie de gerber gringo. Cuando me toca hacer esas tareas confirmo mi temor a los niños, pues me generan tal angustia al pensar que se me pueden caer, ahogar o romper, entonces, mi primer reflejo me hace ver a quién le puedo endosar a las criaturas.

La reunión estuvo muy divertida, tuve oportunidad de conocer a muchos de sus compañeros de la universidad, un grupo de gente bastante interesante, algunos en el tema de las inversiones, otro de la producción, otra dueña de una florería. Una más se dedicada a las ventas de la Suprema Corte de Justicia, otro dedicado a la reingeniería de procesos en  bancos, a quien ofrecí presentarle a una buena amiga, si una de las vestidas de verde en la fiesta del semáforo, y mi heroína de la noche, Rosalía, pues cuida a 44 niños de 6 años. Mi perfil de auditor y al ser el desconocido de la noche me hicieron verme en la penosa necesidad de ir entrevistando a cada uno de los que llegaba para saber con qué especímenes trataba, la verdad estuve muy contento y les rogué me invitaran a su próxima cita para llevar el seguimiento de los avances en sus vidas.
  
Otra muy buena sorpresa de la noche fue conocer a Laura, comadre de Kenia y camarada de mi también amigo Rafa. Los tres se conocieron en Nueva York y ahora Laura vive en el DF y eso nos permitió coincidir y pasar una muy agradable noche como los “colados” a la reunión de rencuentro de ese día.

Como buena mamá, después de las 10 de la noche, Kenia se ausentó un rato para dormir a sus pequeños mientras en el comedor seguía la chorcha entre este nuevo clan, quienes además de interesantes, resultaron ser unos forever alone, de ocho miembros, sólo tres están casados, el resto jura estar aterrorizado ante el compromiso, por eso me cayeron tan bien y nos entendimos. Al llegar la media noche, fue hora de empezarse a despedir, la cara de cansancio de Kenia era evidente y no es lo mismo, hace 12 años que salía con mi querida “huarachitos” en metro a recorrer Coyoacán, al día de hoy, que es una señora con dos hijos y niñera, pero igual la quiero. Como en cada encuentro, nos repetimos que nos extrañamos, me insiste en ir a visitarla y nos despedimos como si mañana mismo fuéramos a vernos. Estas son las muestras de una amistad sincera que rebasa el tiempo y el espacio y aunque estamos lejos, el cariño no mengua.

Al llegar a mi casa sobre la 1:30 am del domingo y revisar, como cada noche, religiosamente cualquier cosa importante en mi Facebook, me encontré con la noticia de una de mis primas (hija de Genaro) diciendo: ”siempre te recordare”. Enseguida, intenté localizar a mi papá y me enteré de su visita a  mi tío, él cual estaba muy mal, por lo que en unas horas regresaría a su casa. Me ofreció pasar por mí en unas horas, lo cual acepté enseguida, sin embargo, ya no tuve oportunidad de encontrar a mi tío con vida. Una hora después, mi papá me despertó avisándome del fallecimiento de su hermano. Esta noticia sacudió a mi familia. Bien vale la pena te escriba todo lo sucedido los dos días siguientes, pues mi terapeuta siempre me recomienda hacerlo, pero todavía no me llega el valor para eso, entonces nos vemos en unos días más. 

martes, 25 de septiembre de 2012

Crónica de un viaje parisino


Crónica de un viaje parisino
Por Héctor Juárez

La primera vez que tomé un avión fue para ir a Europa, ¡vaya manera de estrenarme en el uso de ese medio de trasporte! Once horas de vuelo, hasta la capital francesa. En la sala de abordaje me despide mi mamá con mi hermano pequeño, quien llora pues cree que no regresaré; mientras mi madre me despide muy contenta, pues sabe que es un logro enorme para mí. Estoy nervioso, no tengo experiencia, pero voy bien acompañado, Oscar va conmigo y eso me hace sentir seguro, para él este es su tercer viaje al Viejo Continente, para mi será el primero al extranjero y con el que debo probarme que la enorme inversión en el IFAL valió la pena. Durante el vuelo conozco a Ximena, una pequeña que va a estudiar a Suiza y que entre su ocurrente e interminable plática vuelve muy llevadera la travesía.

Me quedo dormido un buen rato a pesar de mi ansiedad y despierto para ver en la pantalla del asiento que el avión ya vuela encima de mi destino, lo cual logra ponerme muy nervioso hasta que finalmente aterrizamos. Al bajar del avión, se percibe un olor distinto, no huele como mi ciudad. Paso a migración y veo el primer sello de mi pasaporte -una banderita con estrellas que distingue a la Unión Europea- Ya casi estoy convencido de haberlo logrado. Recojo mi equipaje y salgo de allí para buscar un baño, pues tanto nervio tuvo consecuencias. Al pasar la crisis, tengo sed, así que me indica mi buen guía que hay bebederos públicos y pruebo uno sin éxito, no tolero el sabor del agua y ese pecado me va a costar muchos euros el resto del viaje. Después de comprar la botella de agua más cara en mi vida, salimos rumbo al centro de la ciudad.

Para llegar al hotel fue necesario tomar una parte de lo que parece ser el periférico de Paris. Como toda ciudad importante, tiene sus zonas conurbadas de una belleza diferente a sus barrios turísticos. En el autobús, la guía española nos pide ver por la ventana y que admiremos la Torre, el mayor símbolo de esta ciudad. Al verla me palpita el corazón, lo conseguí. Si bien fue necesario privarme de muchas cosas mientras estudiaba y soñar como debió ser para mis amigos la experiencia de las prácticas profesionales al extranjero a las cuales no asistí, ahora sé que valió la pena la espera. Al llegar al hotel, viene el proceso de check in y un par de horas después ya ha caído la noche y nos espera el primer tour por la Ciudad de las Luces.

Olvidé mencionar que durante el camino de llegada observé por mi ventana la terminal del ferrocarril, llena de contenedores y grúas. Sí, reconozco que no es el sitio que todo turista quiera admirar, pero mi espíritu de licenciado en negocios internacionales aflora y me hace disfrutar enormemente de este paisaje y además mis manos no dejan de hacer “click” al obturador de la cámara y obtengo un sinfín de imágenes de ese particular sitio.

Mientras nos acercamos al corazón de la ciudad, observo en ambos lados de las ventanas del autobús luces marrones, sé bien que así será pues es ley en ese lugar mantener ese tenue color para guardar la uniformidad del sitio. El primer lugar en donde nos permiten bajar del autobús es la Plaza de Trocadero, desde donde admiro la famosa Torre Eiffel disfrazada de árbol de navidad, pues prenden y apagan miles de focos en ella. Mi emoción me traiciona en ese instante y se asoma mi ojito Remí y quedo sin habla, mientras veo a un montón de vendedores de llaveros con la figura de la famosa torre.

Después de la vista de Trocadero, continúa el paseo nocturno y llegamos a nuestra siguiente parada: el Museo de Louvre, en él están algunas de las obras que sueño con ver en vivo: La Encajera de Veermer, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia y sobre todo es el lugar donde encontraré el Código de Hammurabi, pieza de una belleza un tanto extraña, pues su encanto está en saber que alberga las primeras leyes del mundo moderno, solo valorada por un auditor, es una pequeña maravilla.

A la mañana siguiente, después de sufrir en el desayuno al tener que compartir mesa con un oriental, dadas sus horripilantes maneras de comer, masticando de forma insaciable una manzana para después escupir todo el bagazo en su plato, logrando provocarme unas terribles ganas de vomitar y consigue que desaparezca mi apetito casi por completo; nos embarcamos en la aventura de recorrer Paris a pie. Lo primero es llegar al metro, tenemos cerca la estación Gallieni, hay un centro comercial y una estación de autobuses que atienden operadores negros a quienes por más que intenta, Oscar no logra entenderles, así que me toca desquitar mis cursos en el IFAL, y poner a prueba mis conocimientos. Confío en que el acento francés de mis profesores ayude a lograr mi cometido y confirmo entonces que valió la pena lo invertido; logro comunicarme sin problemas con ellos, me indican como llegar al metro y averiguo todo lo necesario para acercarme a los pies de la Eiffel, a la cual llegaremos unos minutos después.

Es inmensa, es increíble saberme con la suerte de estar ahí, sólo puedo tomar mi cámara de video y grabarme diciendo: ¡Ya llegué! No es un sueño, es una realidad, estoy en Paris y en un momento más admiraré esta ciudad desde su más fiel estandarte. Hasta ese momento vivo mi romance con la Ciudad Luz cuando de pronto me pasa la factura que paga todo aquel que decide aventurarse a conocerla, horas de filas de personas formadas para poder alcanzar un lugar en el ascensor que te lleva hasta lo más alto del monumento. No importa, estoy aquí, mi esfuerzo es bien correspondido. Después de mucho rato de esperar, subimos, para ese momento Oscar ha debido soportar mis incontables quejas por el hambre que tengo, no soy bueno para olvidarme de mi mal hábito de comer tres veces al día.

Al llegar a la cima, me encuentro un sinfín de banderas en paneles que indican la distancia de ese punto hasta tal o cual país. Y a lo lejos descubro la famosa iglesia en el barrio de Montmatre, es imprescindible ir. Una de mis escenas favoritas de la película “Amélie” se desarrolla en este sitio. Quiero averiguar si en verdad existe el carrusel de ese filme. Bajo de la torre teniendo la completa certeza de que Paris es una enorme maqueta. Regresamos al metro hasta llegar cerca del famoso barrio. A decir verdad no me interesa mucho la cuestión religiosa, es más mi emoción por subir las escaleras, las mismas que recorrió Amelie. Al llegar, lo confirmo, el carrusel existe, ¡ahí está! Para cuando termina mi visita, comienza la lluvia, es hora de padecer el metro de París en hora pico, con parisinos mojados y con ese olor característico que tienen, simplemente insufrible para mí.

Para la noche es momento de conocer la famosa Campos Elíseos, hermosa calle llena de comercios y restaurantes. Con esta caminata logro reconocer la magia de este lugar, gente de todo tipo, de todos lados, es una convergencia de culturas, mujeres con burkas caminando detrás de su esposos, judíos ortodoxos se revelan por su particular manera de vestir, turistas delatados por sus cámaras, hordas de orientales sonriendo, gente de países eslavos pidiendo limosna. En mi caminata descubro una tiendita de frutas y es tanta mi hambre que me gasto ocho euros en una manzana y un pequeño racimo de uvas. No me importa el costo, necesito alimentarme e insisto, nunca seré bueno para olvidar la comida en un viaje. Después de caminar hasta el final de esta increíble avenida, dejando atrás su glamour, sólo encontramos un kiosco donde compramos la versión francesa de un hot dog, una enorme salchicha en una dura baguette. No entiendo qué paso que acabé cenando esto en la capital francesa, pero soy incapaz de pensar en regresar mis pasos pues estoy molido y casi llorando me dispongo a cenar en una banca cercana.

Mi único consuelo es que aún me quedan días para regresar y corregir mi error culinario, pero como dice el comercial, esa es otra historia.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Pilar


Pilar
En marzo de 2003, a un par de meses de haberme graduado, tuve la fortuna de ingresar a trabajar en una de las dependencias federales que tienen una de las laborales más loables, el cuidado al medio ambiente. SEMARNAT ha sido uno de las mejores experiencias en mi vida laboral, me dio el brinco a la burocracia federal y me dejo grandes enseñanzas personales, además de haber servido de escenario a muchas de las mejores experiencias que he podido vivir. Y bueno, es en este lugar donde la conocí, en ese momento yo recién había cumplido 22 años y aunque ya había trabajo como auditor, era la primera vez que me convertían en un mando medio, pues era mi primera Jefatura de Departamento en la que mi mentor había apostado por mí.

Hoy puedo confesar no recordar si fue más terrorífico mi primer día en la primaria o mi primer semana en ese trabajo, pues nadie me hablaba y si a eso le añadimos mis subdesarrolladas habilidades sociales, mi caso era terrible, sin embargo, hubo alguien que se acerco y dijo: hola, soy Pilar Jiménez, soy abogada. Debo reconocer que saber que alguien se había enterado de mi llegada y me tendía la mano me hizo sentirme más cómodo, aunque su amabilidad le costó cara, pues no deje de irla interrogar el millón de veces que fue necesario hasta aprenderle todo lo posible al tema ambiental.

Mentiría si dijera como se fue tejiendo nuestra amistad hasta llegar a este momento, en el cual dice que mis papás son sus papas prestados y en el que mi propia hermana le dice hermana postiza. Es por esto que nunca serán suficiente unas cuantas líneas para describir todo lo que ella es, pues su persona engloba a una abogada brillante, a una inestable emocional, a una imprudente inofensiva, a una amiga fiel, a una muy poco confiable organizadora de fiestas, a veces gritona, a veces la más leal, la que siempre esta, si, también a veces aquella a la que medan unas ganas de darle unas buenas cachetadas, pero que es eso, sino la amistad.

Pilar me ha llenado de ejemplos de profesionalismo, de tolerancia y de lealtad y también, porque no aceptarlo, de muchos otros sobre como no reaccionar en la vida personal. Me ha hecho sentir que cuento con alguien para apoyarme. Sé que a veces no he sido el mejor amigo, pero soy perfectible y cada día trabajo en seguir creando una mejor versión de mi mismo. Me ha compartido secretos, preocupaciones, borracheras y hasta tuvimos la oportunidad de viajar juntos y sobre todo y estoy convencido de ello, me ha enseñado a reírme cada vez más de mi mismo, a no tomarte tan enserio, a disfrutar, a probar, a soñar y a no sé cuantas cosas más, por lo cual debo decir que la única forma que encuentro para decir lo importe que es para mí, es con un GRACIAS POR EXISTIR AMIGA. Gracias porque tu tenacidad con el tema de “La Pandilla” ha sido mi mayor aliciente para volverme a permitir formar parte de un grupo, en el cual como tu nombre lo dice siempre seras un Pilar.

Te quiero. 

martes, 28 de agosto de 2012

Italo Calvino

"Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles". Italo Calvino

lunes, 27 de agosto de 2012

Peces…peces y más peces..


Peces…peces y más peces..

Por Héctor Juárez

 
Todo comenzó cuando mi cuñado se enteró a través de Facebook de la existencia de algo llamado “Fishville”, juego en línea simulador de una pecera, que a través del tiempo invertido en incontables dosis de ocio en la red, te permite embellecerla con peces y adornos. Pues bien, después de pelear contra su voluntad, cedió a sus bajas pasiones y materializó su sueño, encontrando así su segundo y nuevo gran vicio, digo segundo pues el primero es ser un ferviente seguidor del equipo de fútbol, portavoz de los maestros de la cuchara, o sea el Cruz Azul.
 
La historia de los peces inició con la compra de uno de esos recipientes de 20 litros el cual alberga a estas adorables y exigentes mascotas, sin el permiso de mi hermana, pero bueno, en ocasiones resulta conveniente echar mano del afamado refrán que asegura “Ser más fácil pedir perdón que pedir permiso”. Al final, la novedad acabó envolviendo también a ella, facilitándole las cosas a mí cuñado los siguientes meses, pues evitó las incansables quejas por el desorden ocasionado. Y todo iba bien hasta que su incesante investigación diaria en la red, resultado de su exceso de trabajo, llevaran a mi cuñado a descubrir la existencia de una sinfín de peceras de mayor tamaño.
 
A medida que su interés aumentaba, el siguiente paso fue más sencillo, pues consiguió ir contagiando poco a poco a toda la familia en el mundo de la pecerología, descubriendo la existencia de mercados especializados en la materia, donde uno puede alegremente caminar apretujado, como cualquier mañana en el metro, entre olores no muy agradables y un excesivo calor, mientras a su alrededor se descubre la variedad de colores, tamaños y precios. Pues bien, fue en alguna de estas excursiones donde mi señor padre quedó maravillado y salió de ahí con un pez beta, el bien portado y hoy difunto “Michael”.

Hasta ese momento me creía inmune a la enfermedad, pero entonces pasó, mi cuñado cambió de pecera, ahora tenía una de 40 litros, la cual, para ser honestos, lograba enamorarte a primera vista, pues era una especie de lámpara viviente llena de pequeñas criaturas revoloteando en su interior, de ahí el apodo de “Guajolotitos” con el cual mi hermana se refiere a sus peces. Por cierto, el nuevo juguete requirió más espacio, un nuevo mueble, más equipo y claro, ahora mi familia ya no sólo era cruzazulina, también amenazaba con convertirse en mecenas de la crianza de “Guajolotitos”.

Y como buen hijo y hermano, un domingo fui arrastrado por la curiosidad al famoso mercado y empezó mi mecenazgo, pues para cuando terminó la excusión, ya teníamos una nueva pecera, ahora de 80 litros, dos bases de madera y un montón de equipo para su mantenimiento. Yo heredaría la de 40 litros y mi cuñado tendría el doble de espacio para sus alevines, peces bebes, y a decir verdad, estas mascotas no hacen mucho honor a su apodo, pues más que aves de granja, parecen conejos por su “ligereza” para reproducirse.

Por cierto, no tuve necesidad de adquirir peces; con la pecera vinieron alrededor de 40 especímenes a mi casa, a quienes cuidé con gran ahínco hasta ese terrible día, cuando llegaron a mi recién inaugurada guardería para alevines, un nuevo grupo de refugiados acuáticos que huían del canibalismo de los más grandes de su especie que habitaban en la pecera de mi hermana. Sin embargo, nuestra labor salvadora se vio empeñada por el desconocimiento de la gran cantidad de enfermedades en los peces y junto con los nuevos inquilinos llegó un virus que en tres días acabó con todos y logró hacerme sentir el más irresponsable de los padres, confirmando mi teoría de no haber nacido para tener un hijo.

Pese a nuestra gran pérdida, no decayó el ánimo y el fin de semana siguiente, después de limpiar a conciencia el contenedor de la muerte, regresé al mercado pero ahora por especímenes más grandes, pues me negué por completo a volver a intentar criar otros “Guajolotitos”. Esta vez escogí peces japoneses, si, esos de televisión, los dorados que viven en una pecera redonda con un lindo castillo, sin saber lo laborioso y exigente que resulta su cuidado, pues ameritan algo así como 40 litros para cada uno. Para cuando lo supe ya era tarde, pues había comprado 15 de ellos. Y por cierto, también son xenofóbicos, pues no pueden convivir con otra especie, información valiosa si el vendedor no la hubiera omitido y habría evitado otras muertes, pero bueno, a mi favor debo decir que estaba aprendiendo y en esa ocasión fui precavido, pues les puse todo lo que me indicaron en otro de los locales del mercado: sal marina para el estrés, gotas de azul y verde malaquita por si se enfermaban, cultivo de bacterias, para madurar el agua y hasta comida especial, aunque dicho coctel también me provoca bajas en mis peces. Pero insisto, fue aprendizaje.

Y así, cuidando peces y sufriendo perdidas, llegamos a este fin de semana; la ansiedad de mi cuñado nos llevó a volver a rotar las peceras; si, ahora adquirió una de 200 litros, yo heredé la de 80 y mi hermano la de 40 y mientras escribo estas líneas, contemplo la nueva casa de mis nueve sobrevivientes japoneses, todos naranjas y veo al recién llegado, un japonés negro, pues así lo pide el feng shui, y me pregunto si la próxima vez que me llame mi cuñado para platicarme de un nuevo plan para cambiar peceras, me atreveré por fin a decir no, o tal vez me suceda como con el futbol, pues después de años de jurar no gustarme, ahora no sólo voy al estadio, también tengo mi playera azul y sigo esperando a que “Seamos campeones”.

 

lunes, 20 de agosto de 2012

Carta para una amiga perdida


Carta para una amiga perdida
Por Héctor Juárez

¡Hola!
Es difícil saber por dónde empezar, no sé si deba preguntar por última vez ¿qué pasó? Aún sigo sin entender la razón de tu enojo, pero después de tanto tiempo y de mis terapias, me he convencido que este distanciamiento, sólo fue el resultado de nuestra falta de ganas por resolver lo ocurrido y tal vez por no aceptar que nuestro ciclo había terminado y ya no nos hacíamos bien.

Recuerdo la innumerable cantidad de momentos compartidos durante la carrera, las flores que me dabas en el día de la secretaria por mi habilidad con el teclado; las películas de Barbie y los discos de Cristian Castro cuando los descubrimos como nuestros gustos culposos; el viaje a San Antonio para estrenar tu visa; las frases de tu mamá sobre su “adorado Héctor”; aquel día cuando cambié mi comida de fin de año por acompañarte a recibir tu primer auto nuevo; las clases de francés en el IFAL; la fiesta de cumpleaños a la cual te llevé un juego de limpieza, pues ya eras toda una señora bien casada; tu famosa frase de “no le digo pendeja porque es mi amiga”; tu blog mientras hacías tu estancia en Canadá; tus borracheras por decepción amorosa y cómo olvidar la madrugada en que tu casa se convirtió en el cuartel donde intentabas consolarme mientras lloraba por un mal momento vivido.

Debo confesar algo, desde ese último día en que hablamos, decidí no volver a celebrar mi cumpleaños, pues me sentía culpable por no haberte complacido cediendo a tu reclamo de festejarme a tu manera, creí necesario castigarme porque había fallado. Con tu partida vinieron las de otros y aunque sí me importaron, nadie me dolió tanto como tú. Mi regalo de cumpleaños número 30, fue ver desmoronarse mi supuesto grupo de amigos, tan sólido y cuasi perfecto.

Pero bueno, como dice mi terapeuta, “Dios acomoda” y la vida me regaló la oportunidad de reordenar mis ideas, aprender a estar solo, aceptar que nada es para siempre, sólo hay momentos efímeros de alegría y entendí que no puedo controlarlo todo y a todos, pues esa habilidad no sirve cuando se trata de mis afectos. 

Sé que te preguntas por qué te escribo hasta ahora. Es fácil, porque hoy ya no duele.

Héctor.